Es una isla donde la señal de internet no llega a la mayoría de las casas. Cuando la pandemia cerró las escuelas, esa desconexión se convirtió en una barrera directa para la educación de los niños. Zuleima lo vio y tomó una decisión concreta: vendió a Pijuya, una de las vacas de su familia, para instalar internet en su casa y compartirlo con otras familias.
Alrededor de una pantalla, madres, padres y niños comenzaron a reunirse para estudiar y acompañarse. La tecnología, lejos de aislarlos, reforzó los vínculos. Y en ese cruce entre la casa y la escuela, ese esfuerzo colectivo empieza a reflejarse en el aprendizaje, abriendo una posibilidad que antes parecía fuera de alcance.
Bajo el sol, madres, abuelas y niños caminan hacia el estero con los teléfonos en la mano. Buscan señal. En Tasajera, una isla del departamento de La Paz, conectarse no ocurre dentro de casa: ocurre afuera, donde alcanza la red.
Bajo el sol, madres, abuelas y niños caminan hacia el estero con los teléfonos en la mano. Buscan señal. En Tasajera, una isla del departamento de La Paz, conectarse no ocurre dentro de casa: ocurre afuera, donde alcanza la red.
Ahí descargan las tareas y, de regreso, las resuelven como pueden: una lee en voz alta, otra busca en el teléfono, los niños prueban hasta que algo funciona. Cuando la pandemia cerró las escuelas, esa rutina dejó de ser ocasional y se volvió la única forma de seguir aprendiendo.
La escena se repite hasta que Zuleima decide cambiarla. Vende a Pijuya, una de las vacas de su familia, para instalar internet en su casa. No es una decisión menor en un lugar donde los ingresos son inestables y los recursos escasos.
La conexión llega, pero no resuelve todo. La señal es irregular, el acceso depende de un solo punto y el servicio se sostiene con pequeños aportes de quienes pueden pagar. Aun así, las familias empiezan a llegar. Se turnan los dispositivos, esperan, preguntan, repiten. Lo que antes ocurría disperso en el estero se concentra en un mismo espacio.
En la isla hay casas donde conviven varias generaciones y donde la tecnología no forma parte de la experiencia cotidiana. Ahí, aprender a usarla también es parte del proceso. Nadie domina del todo, pero el conocimiento circula: lo que uno entiende, lo comparte; lo que no, se intenta de nuevo.
La escuela se cruza con esa dinámica. La directora observa que el acceso, cuando existe, cambia la forma en que los estudiantes responden.
Pero también deja claro que no depende solo de la conexión. El aprendizaje ocurre en ese cruce entre la casa y la escuela, donde el acompañamiento familiar resulta tan determinante como el acceso mismo.
En muchos contextos, las pantallas se asocian con aislamiento. Aquí generan otra cosa: obligan a coincidir. No por elección, sino por necesidad. La conexión crea momentos compartidos, aunque sean breves y condicionados por la señal.
Lo que se forma alrededor de la casa de Zuleima no es un sistema formal, ni una solución completa. Es una red sostenida por acuerdos mínimos y por la necesidad de resolver un problema inmediato. Funciona, pero con límites claros.
En Tasajera, la conexión sigue siendo frágil. Depende de una antena, de aportes pequeños y de que todo funcione al mismo tiempo. Pero en esa precariedad también se define algo más: una forma de enfrentar la brecha sin haberla resuelto del todo.
Tasajera es una isla del departamento de La Paz, en El Salvador, vinculada al estero de Jaltepeque y a la desembocadura del río Lempa. Distintas referencias públicas la ubican en el municipio de San Luis La Herradura y la describen como un territorio insular donde la pesca sigue siendo una de las principales formas de subsistencia. Algunas fichas informativas sitúan su población alrededor de 1,845 habitantes, distribuidos en dos caseríos.
Este es un mapa dibujado por familias que la habitan, con lo que ellos consideran más importante en la isla. Por eso, en lugar de ordenar el territorio desde coordenadas o límites, organiza la vida cotidiana desde la experiencia: las casas, los caminos, los puntos de encuentro, los lugares donde se busca señal y los espacios que sostienen la comunidad. El valor del mapa está en que muestra cómo la isla se entiende desde adentro, según quienes la viven, y permite ver no solo dónde están las cosas, sino qué significa cada una para las familias.
Para el antropólogo Marlon Carranza, lo que ocurre en Tasajera se explica desde el capital social: la capacidad de una comunidad para organizarse y resolver problemas a partir de sus vínculos. En contextos donde los recursos económicos son limitados, estas redes de apoyo permiten compartir, sostener y hacer funcionar soluciones colectivas. Desde esa lógica, así se construye el proceso:
Entender que el problema es de todos
La falta de internet no afecta a una sola familia, afecta a toda la comunidad, especialmente a los niños y niñas. Por eso, la solución no puede venir de uno solo, sino de varios. Como explica el especialista, cuando las personas actúan juntas, pueden resolver cosas incluso en condiciones difíciles.
Usar lo que sí existe: el apoyo entre familias
Aunque no haya suficiente dinero, sí hay algo clave: relaciones. Familias que se conocen, se ayudan y confían entre ellas. Eso permite compartir recursos y tomar decisiones juntos.
Empezar con una conexión, aunque sea pequeña
No se necesita resolver todo de una vez. En Tasajera, todo empezó con una sola conexión en una casa, posible gracias a la venta de una vaca. Ese primer punto es la base de todo.
Compartir el acceso y el conocimiento
La conexión no se quedó en una familia. Se abrió para otros. Y no solo se comparte el internet, también la buena convivencia, y el aprendizaje: el que sabe, enseña; el que no, aprende. Así, los niños pueden seguir estudiando y las familias entienden cómo usar la tecnología.
Sostenerlo entre todos
Para que funcione en el tiempo, cada familia aporta un poco y cuida el uso. Esto solo es posible si hay confianza. Sin confianza, no se puede compartir ni mantener nada.
Hacerlo crecer y usarlo para transformar lo que viene
Con el tiempo, la conexión llega a más familias y empieza a servir para algo más grande: hacer tareas, comunicarse mejor, acompañar a los hijos en su aprendizaje y tener más herramientas para el día a día. Poco a poco, eso cambia lo que los niños pueden aprender… y hasta lo que pueden imaginar para su futuro.
Ese tipo de respuesta, explica el especialista en desarrollo territorial Enrique Merlos, no es casual. “Lo que ocurre en la Isla Tasajera es una manifestación de capital social y resiliencia, donde ante la precariedad de servicios la comunidad activa sus propios mecanismos de apoyo para sostener el aprendizaje”. Es decir, frente a la falta de conectividad, la comunidad no solo reacciona, sino que reorganiza su forma de aprender: entre familias.
En la práctica, esto implica que la ausencia de internet no desaparece, pero se transforma. Como señala Merlos, “la falta de internet obliga a una mayor convivencia familiar y a una estrategia de sobrevivencia educativa que en otros contextos, especialmente urbanos, se ha ido perdiendo”. La solución, entonces, no está en eliminar la carencia, sino en encontrar formas de sostenerse a pesar de ella.
Sin embargo, ese mismo proceso tiene límites. Merlos advierte que “el verdadero desarrollo territorial busca que la tecnología llegue a estos territorios no para sustituir sus lazos sociales, sino para dotar a sus habitantes de herramientas que les permitan prosperar en su propio entorno sin quedar al margen del siglo XXI”. Bajo esa lógica, la organización comunitaria puede sostener el acceso, pero no reemplaza la necesidad de condiciones más equitativas.
Por eso insiste en que “no debemos romantizar esta carencia, ya que representa una brecha digital crítica que limita el acceso a información, salud y mercados, y que refleja una desigualdad territorial histórica en las zonas costero-marinas”.
Para este reportaje, se decidió no limitar el proceso a recoger testimonios individuales. Desde el inicio fue evidente que la historia de Tasajera no se explicaba por completo desde voces separadas: había decisiones y momentos que solo aparecían cuando se ponían en común. Por eso, se optó por una exploración narrativa distinta, pensada para reconstruir la historia desde la experiencia colectiva.
Se convocó a las familias y se propuso un ejercicio sencillo: dibujar la isla desde lo que para ellos es importante. No se trataba de hacer un mapa técnico, sino de ubicar lugares, momentos y recuerdos. En ese proceso, se fueron señalando casas, caminos, puntos de conexión y, al mismo tiempo, las decisiones que habían permitido sostener el acceso al internet.
Luego, se dio un paso más. Se pidió a las familias que representaran en imágenes la historia: la conexión, las personas que llegaban, los niños estudiando juntos. Al poner esas escenas en común, lo que antes estaba fragmentado comenzó a ordenarse.
Ese momento cambió la lectura de la historia. No solo se recordó lo que había pasado. Se entendió por qué había funcionado. Al ver el proceso completo, se logró identificar una forma de hacer las cosas: compartir el acceso, enseñar al otro y sostenerlo entre varios. Lo que antes era cotidiano, se volvió visible.
Esa comprensión tiene un efecto concreto. La comunidad no solo reconstruyó su historia: se llevó una forma de explicarla y de replicarla. Lo que funcionó dejó de ser implícito y pasó a ser reconocible, algo que se puede volver a hacer si las condiciones lo exigen en esta comunidad u otras que busquen replicar esta experiencia.
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